
Más allá de revisiones de la saga de Indiana Jones o del esfuerzo de M. Night Shyamalan por recuperar su estilo en The Happening después de la debacle de La joven del agua, me llama la atención que coincidan ahora en cartelera dos films que profundicen en el sentimiento de pérdida, en unos tiempos donde lo más profundo que se gasta es la presentación del libro de Aída Nizar ante un público vociferante y embrutecido. La vida sin Grace y Caos Calmo no representan el tipo de películas más adecuadas para estrenar en verano (ya estamos sobrados de mierdas como La boda de mi novia o Las chicas de la lencería, que son las que venden entradas), puesto que el verano es una época poco dada a la reflexión y más propicia a perderse en los muslos de las chicas que caminan por las aceras de la ciudad. Sin embargo, por esas arbitrariedades de las distribuidoras o de los programadores, según el medio que se juzgue (¿alguien sabe por qué Hermanos de sangre o El ala oeste de la Casa Blanca se pasaban en horario de película porno?), nos van llegando por estas fechas con cuentagotas los largometrajes que han ido acaparando premios internacionales a lo largo del curso pasado, para que abandonemos por unos instantes los chiringuitos, con sus tintos mezclados con casera de naranja y la epidermis al borde de un melanoma, y nos pongamos a disertar sobre la levedad del ser. Pude ver La vida sin Grace o Grace is gone, que me mola más, pues la traducción a español me recuerda a Mi vida sin mí, o cómo hacer un anuncio de compresas estirado, pijo, ñoño y lacrimógeno, según Isabel Coixet, en uno de esos cines que forman parte de centros comerciales y que se han ido degradando por las frecuentes visitas de pandillas juveniles. Obviando el elevado número de argollas y de pitbulls adrenalíticos que hay por metro cuadrado en las grandes superficies, Grace is gone, ganadora del Premio del Público y al Mejor Guión del Festival de Sundance y protagonizada por John Cusack, narra la historia de un padre de familia, encargado de almacén, que cuida de sus dos hijas pequeñas, de 8 y 13 años, mientras su mujer, Grace, soldado profesional, combate en la guerra de Irak; un día, unos superiores del ejército le comunican a Stanley (así es como se llama el personaje principal) la muerte de su mujer en el campo de batalla y a partir de entonces éste se topa con su incapacidad para dar la mala noticia a las niñas. En busca de reacciones y respuestas a la trágica desaparición de Grace, Stanley decide emprender un largo viaje junto a Heidi y Dawn, las dos pequeñas, en dirección a un parque de atracciones, con paradas en diferentes puntos del camino. Contenida crítica al absurdo de los conflictos bélicos, por la escandalosa cifra de vidas humanas que se cobra y los daños colaterales que ocasiona en las familias de los fallecidos, La vida sin Grace, como en Mi vida sin mí, confunde en muchas escenas sensibilidad con sensiblería (demasiados abrazos, demasiada lágrima fácil), pero, a diferencia de aquélla, determinados apuntes del guión y la interpretación comedida de Cusack consiguen conmover sin necesidad de recurrir a ositos de peluche ni a pasteles de merengue. La súbita ausencia de otro cónyuge, esta vez a causa de un accidente, parece ser también el punto de partida de Caos Calmo, según he podido leer tanto en la sinopsis de la novela de Sandro Veronesi (que obtuvo el premio Strega, una de las distinciones literarias más prestigiosas de Italia) como en su adaptación para la gran pantalla, con Nanni Moretti encabezando el reparto. Si los muslos de las chicas que caminan por las aceras de la ciudad me permiten centrarme e ir al cine, la próxima ocasión que escriba adjuntaré la reseña de esta cinta y continuaré hablando de los vacíos interiores y todas esas movidas.

