Antonio Rendón . Entre 1926 y 1928, el insigne arquitecto sevillano Aníbal González levantó una de las construcciones más representativas del regionalismo sevillano: la Capillita del Carmen, situada junto a uno de los extremos del Puente de Isabel II, en las inmediaciones del histórico arrabal de Triana. Este pequeño templo, plenamente integrado en el paisaje urbano y sentimental del barrio, custodia una de las devociones marineras más arraigadas de Sevilla, vinculada a la advocación de la Virgen del Carmen y estrechamente ligada a la historia, la identidad y la tradición de Triana.
El reloj marcaba las siete de la tarde cuando se abrieron las puertas de la Capilla de la Estrella, en una jornada especialmente señalada para el barrio con motivo de la festividad de sus titulares, las Santas Justa y Rufina. Minutos después se producía una de las estampas más singulares de la jornada cofrade sevillana: la salida procesional de la Virgen del Carmen del Puente de Triana desde la sede canónica de la Hermandad de la Estrella, corporación del Domingo de Ramos que conmemora este año el cincuentenario de la bendición de su actual templo.
Habitualmente, la imagen inicia su recorrido desde la parroquia de Nuestra Señora de la O para encaminarse hacia las aguas del Guadalquivir. No obstante, las obras que actualmente se desarrollan en la calle Castilla hicieron necesario adaptar el itinerario tradicional y establecer un recorrido alternativo que permitiera preservar, con toda su solemnidad, el desarrollo de una celebración profundamente arraigada en la vida religiosa y marinera de Triana.
Las andas procesionales avanzaron por la calle San Jacinto hasta alcanzar el Altozano, acompañadas musicalmente por la Sociedad Filarmónica Nuestra Señora del Carmen de Salteras. Desde este emblemático enclave, la comitiva se adentró en la calle Betis, engalanada ante la proximidad de la tradicional Velá de Santa Ana, para continuar posteriormente hasta la zapata de Triana, donde la Virgen fue embarcada junto al Puente de Isabel II.
Como cada año , la imagen carmelita navegó por el Guadalquivir entronizada en su propio paso procesional, embarcado sobre una barcaza procedente de Coria del Río, la misma que tradicionalmente participa en la procesión fluvial de la Virgen del Carmen de esta localidad sevillana. La singularidad de esta escena volvió a convertir el río en el escenario natural de una de las manifestaciones de religiosidad popular más estrechamente vinculadas a la identidad marinera de la ciudad.
La travesía estuvo acompañada por un repertorio musical de marcado carácter solemne y castrense, con composiciones como Ganando Barlovento, Mares y Vientos, la Salve Marinera y La Muerte no es el Final, entre otras piezas, que contribuyeron a crear una atmósfera de especial emoción, respeto y recogimiento durante la navegación por las aguas del Guadalquivir.
Desde ambas orillas del río, así como desde los diferentes puentes, paseos y enclaves ribereños, numerosos cofrades, devotos y visitantes siguieron el discurrir de la Virgen del Carmen. La contemplación de la imagen navegando por el Guadalquivir volvió a ofrecer una de las escenas más características de esta celebración, en la que tradición religiosa, memoria marinera y patrimonio urbano confluyen en un mismo espacio.
Durante el recorrido fluvial, la Virgen visitó distintas instituciones y entidades cuyas sedes mantienen una estrecha vinculación con las riberas del Guadalquivir. Entre ellas se encontraban el Real Círculo de Labradores, el Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla y el Club Náutico Sevilla, entre otras, cuyos representantes recibieron a la imagen con muestras de respeto y devoción, ofreciendo flores y elevando sus oraciones ante la patrona de los hombres y mujeres vinculados al mar y a la navegación.
Fueron momentos de especial intensidad y emoción que precedieron al regreso de la imagen a tierra firme, donde continuó su recorrido por las calles de Triana.
El exorno floral del paso aportó una singular elegancia al conjunto, con una composición de inspiración vaticana basada en los tonos blanco y amarillo. Rosas, tulipanes, gladiolos, alhelíes y nardos, acompañados de diferentes elementos verdes ornamentales, realzaron la presencia de la imagen y acentuaron el carácter solemne y ceremonial de la procesión.
Entre las novedades de esta edición destacó la restauración de la corona de salida de la Virgen, así como de la corona del Niño Jesús y de la medialuna. La presea de la imagen mariana fue cincelada en el histórico taller de Marmolejo, uno de los nombres de referencia de la tradición orfebre sevillana, recuperando así el esplendor de unas piezas estrechamente vinculadas al patrimonio de esta devoción.
De nuevo en las calles de Triana, la cuadrilla de costaleros, dirigida por José Luna y sus auxiliares, llevó a la Virgen del Carmen por el corazón del arrabal, acercándola a vecinos y devotos y ofreciendo, como es tradicional, su bendición a quienes aguardaban su paso.
La Sociedad Filarmónica Nuestra Señora del Carmen de Salteras volvió a poner el acompañamiento musical a una jornada de profundo significado, mientras un grupo de Infantería de Marina y miembros de la Armada Española escoltaron a la Virgen durante su recorrido fluvial y terrestre, subrayando la estrecha vinculación histórica y devocional existente entre la advocación del Carmen y quienes sirven en la Armada.
La procesión de la Virgen del Carmen del Puente de Triana volvió a poner así de manifiesto la profunda relación que une a la ciudad de Sevilla, al barrio de Triana y al Guadalquivir. Un vínculo histórico, cultural y espiritual que se renueva cada año en torno a una devoción que continúa simbolizando la protección de quienes viven y trabajan junto al río y que mantiene viva la memoria marinera de una ciudad cuya historia resulta inseparable de sus aguas.
Una vez más, la Virgen del Carmen volvió a surcar el Guadalquivir, convirtiendo el río en un espacio de encuentro entre la tradición y el presente y dejando, a su paso, una de esas imágenes que forman parte de la memoria colectiva de Sevilla: la de una ciudad que contempla a su patrona marinera navegar por el río que, desde hace siglos, ha marcado profundamente su historia, su identidad y su destino.
