Antonio Rendón . Texto y cartel de Carlos Valera Real, presidente del Ateneo de Triana
Humanidad, sí. Invasión, no
El mar nunca miente.
Las olas no entienden de fronteras, de tratados internacionales ni de
discursos parlamentarios. Solo conocen el peso de los cuerpos que
luchan por no hundirse. Cada verano, el Estrecho vuelve a convertirse
en un escenario donde la esperanza y la desesperación nadan en la
misma dirección.
Ceuta aparece al fondo como una promesa.
Europa, como un sueño.
Y el agua, una vez más, decide quién llega y quién desaparece para
siempre.
No son enemigos.
No son conquistadores .
Son hombres, mujeres y niños que escapan de una realidad que
nosotros apenas podemos imaginar. Huyen del hambre, de la guerra,
de la falta de oportunidades, del futuro robado antes incluso de haber
comenzado a vivir.
Su tragedia merece respeto.
Su sufrimiento merece compasión.
Su dignidad merece ser protegida.
Pero la compasión, cuando gobierna sola, corre el riesgo de
convertirse en una mala consejera.
Los Estados no administran emociones.
Administran realidades.
Y la realidad siempre termina imponiéndose sobre los deseos.
España es una nación generosa. Lo ha demostrado durante décadas.
Ha abierto sus puertas, ha rescatado vidas en el mar y ha acogido a
quienes buscaban una oportunidad. Esa solidaridad forma parte de
nuestra identidad y constituye un motivo legítimo de orgullo.
Sin embargo, la solidaridad también necesita límites para seguir
siendo sostenible. Los recursos públicos son finitos. Las viviendas
disponibles no son infinitas. Los sistemas sanitario y educativo tienen
una capacidad determinada. Integrar requiere tiempo, inversión y
oportunidades reales. Cuando estos elementos escasean, aparecen
tensiones que afectan tanto a quienes llegan como a quienes ya viven
aquí.
El error consiste en creer que solo existen dos posiciones posibles.
O abrirlo todo.
O cerrarlo todo.
La realidad nunca ha sido tan simple.
Controlar una frontera no significa negar la humanidad de quien
llama a la puerta. Del mismo modo, defender la acogida no obliga a
ignorar los desafíos que supone gestionar un fenómeno migratorio
complejo.
El auténtico fracaso no ocurre cuando una persona alcanza una
playa española.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando millones de jóvenes africanos dejan de mirar hacia
su propio país y solo encuentran esperanza al otro lado del
Mediterráneo. Ahí está la herida verdadera. Ahí debería
concentrarse el esfuerzo de la comunidad internacional.
Mientras no existan oportunidades en origen, mientras la
corrupción, los conflictos y la pobreza sigan expulsando personas de
sus hogares, el mar continuará llenándose de pateras. Ningún muro
resolverá por sí solo ese problema. Pero tampoco lo hará la idea de
que cualquier país puede absorber indefinidamente todos los flujos
migratorios sin consecuencias.
Europa necesita inteligencia política
Necesita cooperación con los países de origen.
Necesita combatir con firmeza a las mafias que convierten la
desesperación en un negocio.
Y necesita una política migratoria común que combine legalidad,
solidaridad y responsabilidad.
Porque la humanidad no consiste únicamente en salvar una vida.
Consiste también en ofrecer un futuro digno a quien se salva.
Y eso exige recursos, planificación y compromiso.
No basta con conmoverse ante una fotografía.
No basta con pronunciar discursos emocionantes.
Hace falta gobernar
Hace falta decidir.
HUMANIDAD, SÍ. INVASIÓN, NO
Cruzando el mar persigue la esperanza,
la luz que niega el hambre y el olvido;
cada ola guarda un sueño malherido,
cada brazada es fe que nunca cansa.
Mas toda nación mide su balanza,
con pan, trabajo y techo compartido;
ningún deber se cumple sin sentido,
ni vive el bien si muere la templanza.
Que nadie cierre el corazón al llanto,
ni el miedo apague el fuego de la vida,
ni el odio escriba leyes sobre el viento.
Mas no confunda el mundo amor con canto:
la compasión también pide medida
pues solo el orden da futuro al tiempo.
