Qué duro debe ser dormir en la calle y verse continuamente amenazados por el vandalismo. Hoy mismo, mientras escribo estas líneas, escucho en las noticias que en Mairena del Aljarafe (un pueblo de Sevilla) dos chicos de 18 y 19 años han agredido a un “sin techo”. Quizás con la actualidad rabiosa del problema de la vivienda y el problema de los asentamientos de Ceuta que amenazan, entre otras cosas, nuestra parcelita del estado del bienestar, los sin hogar vuelven a ser un problema menor (con la habitual ignorancia y odios incluidos hacia ellos).

Parece que a veces es difícil verlos improvisando lechos para dormir bajo el cielo en el centro de la ciudad de Sevilla, y digo para mis adentros que qué bien funcionan los servicios municipales, albergues, microcentros y demás ángeles de la guardia. Pero mira por dónde voy a trabajar recientemente por la mañana y veo una persona mayor improvisando una cama en un banco de piedra cerca de una fuente monumental, cuando en el mismo lugar por la noche no había nadie. O a aquél que sigue durmiendo en un amasijo de sábanas y mantas a la entrada de mi trabajo. Por lo tanto, el problema de los “sin techo” demuestra que sigue siendo una realidad complicada que se desborda por los poros de la ciudad; no fácil de resolver a pesar del buenismo o de la voluntad de los ayuntamientos y el resto de los servicios sociales, porque sigue y suma.

Sigue y suma porque a la mala suerte de la vida (desempleo, separaciones, problemas de vivienda…), siempre aupada por coyunturas económicas, se une el círculo vicioso de los problemas de salud mental y las adicciones. Ellos mismos pueden tener el origen o agravarse en el deterioro de la calle pero también pueden ser causa misma de la indigencia. En este sentido, debe ser amargo carecer de redes de apoyo. Además cada vez es más frecuente ver a extranjeros sin recursos improvisando hogares. Y ojo: el problema de la vivienda cada vez empieza a lanzar a más gente joven a dormir al raso.

Ciertamente la mendicidad en general, y los sin techo en particular, intentan ser contenidos por los ayuntamientos para que queden las menores huellas de su presencia en los centros de las ciudades cada vez más turistificadas. Un interés que choca con recursos insuficientes y la habitual lentitud de las gestiones. Pero sobre todo con las mismas contradicciones del siempre ensalzado y cuestionado, al mismo tiempo, progresismo. Así lo dicen los expertos: el modelo del bienestar sigue basándose en el crecimiento y no en el desarrollo económico, y los estados lo tienen más difícil en eso de regular el dinero del Mercado por contra de tener más capacidad para imponer restricciones presupuestarias en detrimento de la protección social.

Hoy ha venido Carlos (a él le interesaba que supiera su nombre) a mi mesa del bar en mi hora de desayuno a pedirme unas monedas. Aunque me he negado al principio, su insistencia me ha ganado y le he dado un par de euros. “Pero hombre, digo, esto no te va a solucionar nada. Mira acércate a los servicios sociales que te ayuden. Sé que han cerrado el albergue Virgen de los Reyes en la Macarena, pero me he enterado de que están abriendo microalbergues, al menos tres en distintas partes de la ciudad. Por lo que he leído tienen camas individuales y baños, y un puñado de salas de enfermería, auxiliares, educadores sociales y monitores”. Después de la perorata me dice que va a enterarse, su expresión parece que se ha vuelto más optimista o al menos espera que yo me la crea, pero sin seguir ocultando las secuelas del sida. Otros días veo al que duerme a la entrada de mi trabajo justificándose ante la policía diciendo que ha redimido sus pecados ante Dios y que es feliz en la calle, también a los sonámbulos de día que no paran de recorrer la ciudad con sus pertenencias en carritos de compras y a la mujer que habla sola y defeca en la vía pública.

Sé que han pasado muchos siglos, que son otros tiempos, que todo ha evolucionado para mejor o casi, pero aún siento las sombras de los “sin techo” de los siglos XVII y XVIII (la caridad de Miguel de Mañara en Sevilla, la mendicidad en los muelles del puerto en Cádiz…). Llámenme exagerado pero estas ciudades, aunque sea con cuentagotas comparándolas con aquellos tiempos, siguen viendo podredumbre a raíz de estadísticas e informes de asociaciones como Cáritas, APDHA (Asociación Pro derechos Humanos de Andalucía) o Housing First. Y cómo no, también hay que hojear las noticias de la prensa. A ver pues.

Según ABC el alcalde de Sevilla, Antonio Sanz, en el pleno municipal de Sevilla de 2025 contabilizaba 713 personas sin techo (doblando las cifras de 2022) con lo cual constataba también que Sevilla tenía cuatro veces más de indigentes. Por no marearles más: El Español hablaba de que en octubre de 2024 había en Sevilla un total de 756 personas censadas en situación de calle frente a un equipo humano especializado de solo 126 profesionales.

Cáritas diocesana de Sevilla, en su memoria del Sinhogarismo, habla de que “los albergues sufren colapso estructural (…) sin que el sistema municipal responda con la agilidad necesaria para ofrecer itinerarios de salida”. APDHA refiere que las políticas hacia las personas se basan en medidas estrictamente asistenciales que perpetúan la dependencia y la exclusión. Por último la misma APDHA y HOUSING FIRST coinciden ambas en que la solución no es construir albergues sino que hay que sustituir el modelo por una vivienda ordinaria.

Hoy las revoluciones tecnológicas y el mundo de la IA también serán una amenaza para los que queden fuera del sistema. ¿Qué pasará con los empleos y cuánto se multiplicará más el problema de la vivienda? ¿Cuánta gente más se dejará ver en las calles durmiendo en suelos y bancos de aquí a “X” años? ¿Cómo seguirá el estado mental de la sociedad? No lo quiero pensar.

Cristóbal Ortín