CUANDO TODO SE ROMPE

Vivir es lo más arriesgado que tiene la vida. Si la saboreas instante a instante, con conciencia y presencia, puede ser tan intensa, tan misteriosa y tan sorpresiva que no necesita añadidos.

Quizá este tiempo difícil nos sirva de lección, aunque no estoy seguro. Por muy duras que sean las lecciones que la vida impone, el ser humano tiene mala memoria. En cuanto acaba la pesadilla, sentimos la tentación de volver a hacer justo aquello que la provocó.

Ha ocurrido y seguirá ocurriendo. A veces en un plazo breve, otras en años o en generaciones. No soy optimista en eso. Además de leerlo en los libros, lo he visto yo. Cuando vives lo suficiente y en los lugares adecuados, hay cosas que nadie necesita contarte. Forman parte de tu biografía.

Y así, llega de nuevo el día en el que la vida gira sin avisar. Un minuto estás haciendo planes para llegar, para cenar, para mañana, y al minuto siguiente nada de eso existe. Así, de golpe. Con esa brutalidad que tiene a veces de arrebatarnos lo que creíamos seguro.

Y lo que más duele no es solo quien se va. Es todo lo que se queda a medias. Las conversaciones aplazadas. Esos abrazos que dimos por hecho que podríamos dar después. Esa costumbre de decir “luego te llamo” como si el luego estuviera garantizado.

Muchos subieron a ese tren pensando en un reencuentro. En volver. En el “nos vemos en un rato”. Y ese rato ya no va a llegar. Lo que iba a ser una despedida corta se ha convertido, sin quererlo nadie, en definitiva. No hay vuelta anunciada. No hay regreso esperado en la puerta de casa. Se fueron por una salida que nadie había abierto para ellos. Y dejan aquí un silencio enorme. Un silencio que pesa y hace daño.

Cuesta aceptar que haya vidas que se cierren antes de tiempo, con la agenda llena de cosas aún por hacer. Y duele pensar que pudo no pasar. Esa es la herida que más escuece: la de lo evitable. Queda la impotencia. Quedan los nombres de quienes ya no están y la tierra que ahora debe acogerles leve. Quedan los que se quedan aquí, mirando al cielo, lanzando ese “te echo de menos” que no sabe a dónde ir.

Al final, vivir ya es un acto frágil. Lo olvidamos porque nos pasamos la vida intentando no salirnos de la línea, no mancharnos, como si eso nos protegiera de algo. Y no nos protege de nada.

Ojalá nos sirva para mirar de otra manera. Para entender lo que de verdad importa, que no es otra cosa que esto: estar. Estar en paz y que nos dejen estar con los nuestros.

Qué injusto que haya familias que hoy darían cualquier cosa por volver a la mañana del miércoles, a antes de subir a esos trenes.

Abraza hoy. No lo dejes para después. Recuerda lo frágil que es todo y la suerte inmensa que tenemos cuando la salud nos acompaña y nuestros seres queridos están bien.

Mi abrazo y mi respeto más profundo para todas las familias de Urda y para todos los que sentís este golpe como si fuera vuestro.

Buen fin de semana a TODOS!