Diez millones de muertos por cáncer y una medalla,por Luis Armengou Martín-Niclós.Pediatra · Sevilla

Cada año mueren en el mundo cerca de diez millones de personas por cáncer. La medicina avanza, afortunadamente, con tratamientos cada vez más eficaces, aunque algunos cuestan cientos de miles de euros por paciente. Y celebramos, con razón, cada nuevo progreso.

El pasado 16 de octubre, el Colegio de Médicos de Sevilla distinguió como Médico Ilustre al pediatra e investigador Miguel Muñoz Sáez. Un reconocimiento a cuarenta años dedicados a la investigación científica, los últimos veintiséis centrados especialmente en el cáncer y en el papel de la sustancia P y su receptor NK1.

Sus investigaciones han demostrado experimentalmente que bloquear este receptor puede provocar la muerte de células cancerosas e interferir en mecanismos implicados en su proliferación, invasión y metástasis. Pero hay algo todavía más sorprendente: los resultados experimentales apuntan a una doble acción, citotóxica para las células tumorales y protectora de las células sanas frente a determinados efectos de la quimioterapia y la radioterapia.

Y todo ello utilizando aprepitant, un medicamento comercializado desde hace más de veinte años, cuya patente original ha caducado y que los oncólogos prescriben en ocasiones para prevenir los vómitos de la quimioterapia.

En los cuatro minutos que duró su discurso, Muñoz recordó el caso que marcó su vida y su investigación: el osteosarcoma de su propio hijo, con una respuesta a la quimioterapia de apenas un 20 % de necrosis tumoral. Un resultado de muy mal pronóstico que le llevó a recurrir al aprepitant en uso compasivo.

Casi dos décadas después, aquel muchacho no solo sigue vivo: también ha sido padre, pese a haber recibido una quimioterapia con riesgo importante de esterilidad. Una historia extraordinaria que merece ser investigada, aunque por sí sola no permita establecer qué papel desempeñó el aprepitant en su supervivencia o en la conservación de su fertilidad.

Naturalmente, un caso clínico, por espectacular que resulte, no constituye una demostración científica. Para eso se inventaron los ensayos clínicos.

Lo que resulta difícil de explicar es que, después de veintiséis años de investigación sobre el cáncer, todavía estemos esperando una evaluación clínica rigurosa de esta estrategia antitumoral.

Quizá el problema sea precisamente que el medicamento ya existe, es relativamente barato y no promete grandes beneficios comerciales. No sería la primera vez que los incentivos económicos y las prioridades sanitarias siguieran caminos diferentes.

Mientras tanto, seguimos invirtiendo cantidades astronómicas en nuevos tratamientos contra el cáncer. Muchos representan avances indiscutibles, pero cabe preguntarse si estamos dedicando suficiente atención a medicamentos antiguos que podrían tener nuevas aplicaciones.

¿Y si Muñoz estuviera equivocado? Perfectamente posible. Pero ¿y si tuviera razón?

Con casi diez millones de muertes anuales, parece razonable que alguien quiera averiguarlo.

¿Qué institución, hospital o fundación estaría dispuesta a financiar un ensayo clínico independiente para comprobarlo?

De momento, hemos encontrado una solución mucho más sencilla: concederle una medalla.

Las medallas son merecidas, cuestan poco y no necesitan ensayos clínicos.

Lástima que tampoco curen el cáncer.

Luis Armengou Martín-Niclós
Pediatra · Sevilla