La Bodega es una sensacional novela del valenciano universal Vicente Blasco Ibáñez. En ella se analiza a parte de la oligarquía jerezana bodeguera y las pésimas condiciones laborales que padecían los que trabajaban en el sector. En Chipiona bodegas hay muchas, perdón algunas, que se resisten a sucumbir ante la piqueta devoradora de esos que se dicen máximos defensores de la libertad. Pero bodega como la que yo digo sólo hubo una. La de Valdés. Eran los años ochenta y un local muy sui géneris, incluido el dueño. Todo era ceremonioso no programado. El niño de Valdés era un chipionero de la movida madrileña que te despachaba vino para el olvido a sones de una canción de Alaska y Los Pegamoides, por poner un ejemplo. Lo mejor que tenía era su carta de tapas en la que se incluía las aceitunas podridius y los altramuces. Para comer los altramuces te acompañabas del S. P. C., Santo Plato Cochambroso, que era como una pequeña fuente de plástico donde metías los dedos para añadirles sal. Allí metían sus dedos el Cacharro, el Tigre, Juanaco e incluso yo mismo. Con lo cual el plato tenía de todo menos santidad. Las aceitunas tenían su encanto, porque además de no cobrarlas, cuando el niño de Valdés se volvía de espaldas cogías una. La clientela también tenía un encanto especial. Estaban los borrachos de toda la vida que pedían su medio litro. El vino se bebía junto a una buena dosis de bicarbonato y una partidita de cartas.Los otros clientes eran gente rara y variopinta que convivía pacíficamente. Eran los de cerveza y cubata de antes de la discoteca. Algunos instauraron la moda del vasazo en la mesa. Consistía en dar un vasazo fuerte y seco en la mesa, sin que se rompiera el vaso ni la mesa y además conseguir la alarma general en la bodega. La operación se repetía hasta que alguien te ponía cara de pocos amigos. Todo eso no se hubiera podido hacer nunca sin la comprensión y a veces complicidad del niño de Valdés. Había también una mesa de billar pero a mí eso nunca me interesó. Me agradaba más escuchar la interesante conversación de alguien que contaba que había visto una película muda buenísima del año 25 o lo deprisa que empezaban y terminaban las estaciones meteorológicas. O hablar en buen Latín, ya que fue en la bodega de Valdelius el antecedente del román paladino. Y la serie de personajes. Una chica de fuera que tenía toda la cara de Francesco Petrarca, alguien con los pelos coloraos, un Massip que se parecía al Carnuzo o un joven vestido de negro que de vez en cuando venía de Madrid y que era como el represente de la movida madrileña en Chipiona. Tampoco faltaban las caras que venían directamente descendientes del mono y que merecían un estudio que ni el de Darwin. Hubo un tiempo que hasta un cliente tuvo un vaso especial para él. A ese le gustaba mucho el mes de febrero y su día favorito era el 23. También recuerdo que por San Juan era el único día del año que el Jefe de Correos invitaba. Ahí perdió su oportunidad Paco el cartero de salir en los titulares de periódicos por haber invitado alguna vez.Los vecinos, aún hoy siguen algunos, eran todos un dechado de virtudes. El boticario, gatiti, el Verdón, el glamour del asador de pollos, los perros cantores de Viena, EL Chuti, El Tigre, el padre de Joaquín que se fumó la tabacalera y arruinó a la seguridad social, Blanquita, el Hormiguero... Luego, años más tarde, vino la esquina. Pero esa historia que la escriban otros con más glamour que un servidor.- PD. A mi buen amigo Valdelius y todos aquellos que se quedaron en el camino.
LA BODEGA.-
La Bodega es una sensacional novela del valenciano universal Vicente Blasco Ibáñez. En ella se analiza a parte de la oligarquía jerezana bodeguera y las pésimas condiciones laborales que padecían los que trabajaban en el sector. En Chipiona bodegas hay muchas, perdón algunas, que se resisten a sucumbir ante la piqueta devoradora de esos que se dicen máximos defensores de la libertad. Pero bodega como la que yo digo sólo hubo una. La de Valdés. Eran los años ochenta y un local muy sui géneris, incluido el dueño. Todo era ceremonioso no programado. El niño de Valdés era un chipionero de la movida madrileña que te despachaba vino para el olvido a sones de una canción de Alaska y Los Pegamoides, por poner un ejemplo. Lo mejor que tenía era su carta de tapas en la que se incluía las aceitunas podridius y los altramuces. Para comer los altramuces te acompañabas del S. P. C., Santo Plato Cochambroso, que era como una pequeña fuente de plástico donde metías los dedos para añadirles sal. Allí metían sus dedos el Cacharro, el Tigre, Juanaco e incluso yo mismo. Con lo cual el plato tenía de todo menos santidad. Las aceitunas tenían su encanto, porque además de no cobrarlas, cuando el niño de Valdés se volvía de espaldas cogías una.
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